Hay amistades que vienen contigo desde los 17 años. Las que se formaron en un chat, en una pista de discoteca o en uno de esos pocos sitios donde te sentías aceptado siendo gay. Las conoces tan bien que casi no las cuestionas. Y, sin embargo, llega un momento en la vida adulta en que algo no encaja: estás rodeado de gente y, aun así, te sientes profundamente solo.
Esta es una de las experiencias más comunes entre hombres gais adultos, aunque rara vez se habla de ella con honestidad. La soledad dentro del colectivo LGTBIQ+ no siempre viene de estar sin nadie. A veces viene de estar, durante demasiado tiempo, con las personas equivocadas.
En este episodio del Rincón Orlander, Fabri Orlandi conversa con José, un participante de los retiros Orlander que tomó una de las decisiones más difíciles y más necesarias de su vida: cortar con amistades que ya no le aportaban nada real, para abrir espacio a vínculos auténticos. Puedes ver la conversación completa en el canal de YouTube de Orlander.
Cuando tienes 17 años y acabas de salir del armario, construyes tus círculos sociales como puedes. A veces en internet, a veces en los pocos lugares donde te sientes aceptado. José lo describe con claridad: conoces gente de tu edad, os hacéis amigos, avanzáis juntos. Al menos en apariencia.
El problema aparece cuando llega un momento difícil —una ruptura, una crisis, un día en que te derrumbas— y descubres que esas personas no están. O están, pero te llevan por un camino que no te hace ningún bien. "Empecé a plantearme si en lugar de amigos éramos conocidos de discoteca", recuerda José. Y esa pregunta lo cambió todo.
No es necesariamente que esas personas sean malas. El problema es que el vínculo muchas veces se sostiene solo con inercia, costumbre o el miedo mutuo a quedarse sin nadie. Y eso no es base suficiente para una amistad real. Como señala Fabri en la conversación: mejor dos personas con las que puedas contar de verdad que diez con las que solo compartes la inercia de una historia común.
"Empecé a plantearme si en lugar de amigos éramos conocidos de discoteca."
José describe algo que muchos hombres gais adultos reconocerán de inmediato: la paradoja de tener un grupo de amigos y sentirse, al mismo tiempo, completamente desamparado. La gente de fuera no lo comprende. "¿Cómo puedes sentirte solo si tienes amigos?", le decían. Pero hay una diferencia enorme entre tener gente alrededor y tener a alguien con quien contar de verdad.
Hoy, con las redes sociales y las aplicaciones de citas llenando cada momento de supuesta conexión, esa brecha se ha ensanchado todavía más. Estamos en contacto permanente con muchas personas y presentes de verdad con casi ninguna. Estamos sentados en un bar mirando el móvil, sin levantar la vista hacia quien tenemos enfrente. La cantidad de contactos no compensa la ausencia de vínculos reales.
José lo pone en palabras muy honestas: aunque esas personas no estuvieran cuando las necesitaba, al menos sabía que podía salir, que tenía a alguien. Una seguridad muy frágil. Y muy cara.
¿A cuántas personas de tu entorno llamarías si estuvieras pasando un momento realmente difícil?
Si la respuesta es pocas o ninguna, vale la pena preguntarse qué vínculos estás cultivando de verdad y cuáles solo estás manteniendo por miedo a quedarte sin nada. No se trata de cantidad: se trata de presencia real cuando importa.
José llega a un punto en que el malestar se vuelve demasiado evidente para ignorarlo. Estar con gente y sentirse solo al mismo tiempo le hace plantearse que algo falla. Y toma una decisión que cuesta mucho: reconocer que necesita ayuda de un especialista.
Cuando acude a consulta, le piden que analice su entorno con honestidad: cómo habían sido los últimos años, en qué momentos se había sentido más triste, más desamparado, más solo. Al hacer ese recorrido, aparece un patrón que no puede ignorar. "Había un máximo común denominador", explica José. "Y estaba aquí." Esa claridad, aunque dolorosa, fue lo que le dio la fuerza para dar el siguiente paso. Y ese paso es el que separa seguir aguantando de empezar a moverse.
Cortar amistades que llevas años cultivando no es fácil. Implica aceptar un período de incomodidad real, quizá de verdadera soledad, sin el colchón de esos vínculos superficiales. José lo sabía. Y lo hizo igualmente.
La clave fue entender que esa soledad elegida no era una derrota. Era la condición necesaria para poder reencontrarse consigo mismo y, desde ahí, abrirse a relaciones diferentes. "Tan difícil no puede ser ser el único en el mundo que no pueda tener un buen amigo", se decía. Y tenía razón.
"Elegir tu propia soledad no es malo. Es elegirte a ti en ese momento, priorizarte por encima de aquello que sabes que te está haciendo daño."
Hay algo que José deja muy claro para quienes estén en esa encrucijada: el miedo a quedarse solo es real y hay que tomarlo en serio. Pero ese miedo no puede ser la razón para quedarse atrapado en vínculos que ya no te sostienen. "Las cosas que no aportan, ¿qué haces? Las apartas." La pregunta no es si duele cortar. Duele. La pregunta es a qué precio sigues pagando el otro camino.
Hay un momento en este episodio que se queda grabado. El día en que José tomó la decisión de cortar, hizo algo concreto para marcarlo: cogió unas semillas, las plantó y se comprometió a cuidar ese árbol. Una señal visible, tangible, de que algo nuevo estaba comenzando.
Cada vez que veía crecer el árbol, se veía crecer a sí mismo. "El árbol para mí soy yo, mi crecimiento", cuenta. Ese símbolo le daba energía en los momentos de duda: algo que él había sembrado estaba vivo, estaba respondiendo a su cuidado. No era magia. Era coherencia entre lo que decidía por dentro y lo que veía por fuera.
Detrás de ese gesto hay algo muy real: cuando tomamos decisiones difíciles, necesitamos señales concretas de que vamos por el buen camino. No siempre basta con creerlo en abstracto. A veces hay que poder verlo y tocarlo. El árbol de José es eso: una prueba viva de que el trabajo interior que has hecho está dando fruto.
Lo que cuenta José no es una historia excepcional. Es la historia de muchos hombres gais adultos que, en algún momento, se han encontrado atrapados entre la necesidad de compañía y la certeza de que lo que tienen no les llena. Que han dudado mucho antes de dar el paso de soltar algo que, aunque no les hacía bien, al menos era conocido.
Si hay algo que su camino enseña, es que el miedo a quedarse solo es real pero no es permanente. Cortar vínculos que no te sostienen no es el final de algo: es el espacio que necesitas para que aparezcan personas con las que sí puedas conectar de verdad. Dentro de la comunidad Orlander hay muchos hombres que han pasado por algo muy similar y que han encontrado, muchas veces por primera vez, una tribu masculina gay donde sentirse auténticamente vistos y acompañados.
Si te has reconocido en alguna parte de esta historia, el primer paso puede ser tan sencillo como nombrarlo. Empieza por aquí.
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